Sculptors’ Retreat at Old Lyme Academy of Art 2026

Por segunda vez tuve el honor de ser invitada a la Old Lyme Academy of Art, en Connecticut, para participar en el Sculptors Retreat, un fin de semana dedicado por completo a la escultura figurativa.
Se trata de una reunión muy especial donde escultores de distintas partes del mundo nos encontramos no solo para compartir conocimientos, sino para convivir, observarnos trabajar y, sobre todo, construir comunidad. A lo largo de estos días se organizan conferencias, sesiones de trabajo y momentos de intercambio que giran en torno a la figura humana. Este año, además, tuvimos la oportunidad de esculpir también un caballo, lo que añadió una dimensión distinta y muy enriquecedora al ejercicio.
Más allá de lo técnico, lo que hace único este encuentro es el espíritu que lo atraviesa. Es un espacio profundamente marcado por una formación académica rigurosa, donde muchos de los participantes han seguido trayectorias tradicionales dentro de la escultura. Provocaádome una sensación muy particular que acompaña a mi presencia, la de no encajar del todo en ese perfil.
Mi camino ha sido distinto, en gran parte autodidacta, guiado por la intuición, la experimentación y la búsqueda personal. Y sin embargo, es precisamente por eso que esta invitación adquiere un significado aún más profundo. Ser recibida, escuchada y valorada dentro de una comunidad con una base tan sólida en lo académico es algo que no doy por sentado. Al contrario, lo vivo como un gesto de apertura y reconocimiento que agradezco profundamente.
Volver este año también me permitió reencontrarme con personas que conocí en la edición anterior, y al mismo tiempo conocer nuevas voces, nuevas miradas. De estos encuentros nacen lazos genuinos, de esos que se construyen desde la admiración mutua, la conversación honesta y el tiempo compartido en el taller. Lazos que, estoy segura, perduran más allá de esos días intensos de trabajo.
El Sculptors Retreat no es solo un evento: es un recordatorio de que, más allá de las diferencias en formación o trayectoria, hay un lenguaje común que nos une como escultores. Un lenguaje hecho de materia, de observación, de silencio y de presencia.
Y quizá lo más valioso es lo que sucede después: regreso a casa recargada, estimulada, con nuevas ideas y una energía renovada para seguir trabajando. Como si cada encuentro dejara una huella que se transforma, poco a poco, en nuevas piezas





